lunes, 5 de diciembre de 2011

HISTORIAS DE VASOS




En un armario de madera de pino que hicimos hace muchos años, y arropados entre platos y tazas, guardo los vasos. Son de vidrio, de todos los formatos y de todos los grosores. Son los restos que fueron quedando de juegos que fuimos comprando. En sus buenos días, formaban familias de 6 u 8 miembros bien constituidas. Unos se fueron rompiendo y otros astillando, quizás quedaron los más fuertes, o los que tuvieron más suerte entre el festival de cacharros que a veces se organiza en el fregadero. Los sobrevivientes al agua escurridiza de jabón y a las manos presurosas, han formado su propia parentela. Pequeños y pesados, largos y ligeros, trasparentes como la luz, opacos como la niebla.

Entre ellos, en un rincón por falta de uso, uno amarillo, de plástico con asa, fue el de Isabel por muchos años. Rodó por todas las mesas, y rebotó por los pisos. Contuvo leche achocolatada, jugos dulces de todos los colores; sus babas finas e irrompibles como hilos de araña. Generalmente son las últimas piezas que pongo en la mesa, las cuido más por su fragilidad comprobada. Los vasos son importantes, contienen líquidos vitales y otros, que nos quitan los pesares desatando nuestra lengua. Líquidos cuyos átomos se emulsionan y se hacen espesos buscando texturas nuevas. Fueron hechos para todos los tamaños de manos, sus bordes redondos y suaves nunca cortaron mis labios.
El vaso de vidrio, por su transparencia, es delator de su contenido. Hace que nos asomemos a ese pequeño mar con fondo, donde nadan las burbujas y se ahogan las penas.


Imagen de Elena  Gualtierotti

Para los niños, el vaso representa todo un desafío, que les hace indagar y buscar en ellos, lo que aún no se les ha perdido. Por eso, se los damos de materiales opacos, irrompibles, esperando que sus manos crezcan, y aprendan que la fragilidad no tiene alas salvadoras, y que la gravedad, como otro misterio más de la tierra, reclama siempre lo que le pertenece. La taza es un competidor a tener en cuenta por el vaso. De constitución más ancha y cómoda, resiste altas temperaturas, pero lo que la hace interesante, es esa predisposición suya ante la vida, para esperar en jarras, cualquier cosa que le venga encima. La vida social del vaso es intensa, es el utensilio con el que tenemos más contacto durante el día. Está presente durante el desayuno, almuerzo y cena, también entre las horas que vagan sin quehaceres por el blanco reloj. A pesar de su sociabilidad, creo que el vaso es un solitario en esencia. Así como la taza generalmente se acompaña del plato, el tenedor del cuchillo, y la olla de la tapa, él es como el hombre que no quiere compromiso con nadie, que coquetea y seduce a todo el que puede, pero que al final, termina la fiesta sintiéndose vacío y utilizado.


Con el tiempo he llegado a valorar más todo lo que es dúctil y transformable. Me asombra ver los materiales de masas opacas y estáticas volverse fluidos, que se deslizan plácidamente, como si ese hubiera sido su estado primitivo. Por eso me gusta el vidrio y sus formas cambiantes.
El agua, creo que es el líquido que más se identifica con el vaso. Los dos transparentan, dejando que la mirada traspase sus materiales, pudiendo buscar mas allá de lo que no es encontrado en ellos. No condicionan, y se muestran con la pureza de lo genuino, y la vulnerabilidad de lo que se sabe fácilmente susceptible a los cambios. Pero también, con la fortaleza del que está claro con lo que es: materia siempre en proceso de transformación.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

PAN, UN DIOS ENAMORADIZO Y MUSICAL.



La mitología griega, referente inagotable de relatos originales, narra la historia de Pan, dios de la  fertilidad y la fecundidad masculina. En una de sus diez y nueve genealogías cuenta como Hermes y Dríope esperaban felices la venida de su hijo. Todo era alegría y fiesta, pero estas se acabaron cuando vieron con asombro el ser que había nacido. Tenía la cara arrugada y unos pequeños cuernos en la frente. El mentón era muy pronunciado acabando en una especie de barba, de color indefinido. Además, de la cintura para abajo, tenía el aspecto de un macho cabrío, de patas peludas y pezuñas.
 Dríope lloraba sin consuelo ante la visión de su amado hijo. Entonces Hermes, ejerciendo sus dotes de mediador, lo llevó al Olimpo envuelto en una piel de liebre para protegerle de las miradas aviesas. Cuando se lo mostró a los demás dioses, a todos les pareció un ser simpático y especial, y como hubo unanimidad en el criterio, lo llamaron Pan, que significa hijo de todos. Con el paso del tiempo fue creciendo y se convirtió en el dios de los bosques, de la brisa del amanecer y del atardecer. Era curandero, cazador y músico. Vivía libre por los bosques asustando a los hombres que osaban penetrar en ellos.




Correteaba a las ovejas en un ensayo general, para lo que sería posteriormente su eterno  asedio a las ninfas. Su virilidad y su potencia sexual,  pronto le hicieron comprender que tendría una gran aceptación, entre las diosas para las que siempre estaría dispuesto.
 Le agradaban las fuentes y las sombras de los bosques. Se escondía entre las malezas para contemplar a las ninfas y después, caía vencido por el sueño. Sólo mostraba su lado oscuro, cuando se le interrumpía de sus plácidas siestas, ya que despertaba bramando y enfurecido. Posiblemente era por que sólo entre los sueños, conseguía la unidad y la armonía que su cuerpo nunca había tenido.




 Boreas, dios del viento del norte, fue su gran competidor en el terreno amoroso. Era conocido por su violencia, gélido e insensible a todo lo que no fuera saciar su voraz apetito sexual. Ambos cortejaban a la diosa Pitis, pero esta se sentía más agradada por los galanteos musicales de Pan. Entonces,Boreas  sintiéndose despreciado y movido por los celos, destrozó el cuerpo de Pitis a golpes, arrojándolo después desde lo alto de una roca. Gea, la diosa madre, apiadándose de ella la convirtió en un esbelto pino, y desde entonces, se dice que el árbol gime de espanto, cuando sopla Boreas.

 La historia amorosa de Pan también hace referencia a Selene, la diosa luna y la atracción que sintió por este dios de cuerpo y espíritu poliforme. Pero fue de Endimión, un pastor de gran belleza, del que Selene se enamoró al verlo descansando. La diosa pidió a Zeus que lo mantuviera eternamente dormido, pero con los ojos abiertos. Este encantamiento hacía que se acercara al pastor cada noche y antes del amanecer, para saciar su apetito sexual en un cuerpo sin voluntad. Después entre las horas negras que se aproximan a la luz, Selene recorre el firmamento en su carro de plata en un ritual esférico y luminoso como ella misma.



La genealogía que más se conoce de Pan, es la que refiere el amor no correspondido de Siringa. Esta náyade vivía con sus hermanas en las orillas de los ríos. Era también curandera y andarina, recorría los bosques y nadaba en las aguas felices del ríos.
Un día Pan la vio entre los árboles y las sombras que se producen en los bosques, y comenzó a perseguirla. Ella, bellísima y delicada, se asustó a ver la deformidad de aquel cuerpo, y corrió hacia el río pidiendo ayuda a sus hermanas. Gea oyó sus gritos de auxilio y conmovida la convirtió en un cañaveral. Estaría condenada a la inmovilidad, pero cerca de las aguas, sintiendo su aliento húmedo.
 Pan, al ver lo sucedido, se arrojó sobre las cañas produciendo estas un sonido maravilloso. Después, cortó nueve cañas de distintos largos y las ató formando una flauta, de la que empezó a sacar sonidos como nunca antes  se habían oído. A partir de entonces a esa flauta se la llamó siringa, en honor a esta historia. De alguna manera llegó a las primitivas culturas de América, y definitivamente se instaló, entre el altiplano y los pueblos del sur. Su sonido aún suena a lamento de amor no correspondido.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

LAS MALAS PALABRAS


Roberto Fontanarrosa, escritor y humorista gráfico, en un congreso de la lengua en Argentina, preguntaba a los oyentes, porque eran malas, las malas palabras, ¿son malas porque les pegan a las otras? ¿son de mala calidad y cuando uno las pronuncia se deterioran?. Con estas preguntas no hacia sino evidenciar lo absurdo de un lenguaje oficial y estereotipado, que se impone desde una cultura dominante. Nos comunicamos con un lenguaje con el que muchas veces no nos reconocemos, clichés del habla, frases listas para usar, preensambladas por las cabezas pensantes de turno. No es de extrañar entonces que ante un habla dominante surjan como consecuencia las lenguas disidentes. En esa disidencia, en la exclusión del espacio institucional, se encuentran instaladas las malas palabras.

Mijail Bajtin, el teórico y filósofo del lenguaje soviético, decía que las groserías, juramentos y obscenidades, son los elementos extraoficiales del lenguaje.
Paradójicamente, las malas palabras conforman la parte mas viva de cualquier habla, son genuinas, aparecen en los momentos en que menos controlamos las emociones y los instintos. Son huidizas y con un gran aprecio por la libertad; revindicadoras de lo espontáneo, de lo que no es tamizado por nuestra mente.
El lenguaje como una entidad viva, se transforma, cambia de apariencia y se adapta al momento socio-cultural por el que pasa. Se mimetiza en el espacio-tiempo como una suerte de animal en busca de sobrevivencia.
Las malas palabras en el contexto del lenguaje no oficial o marginal, se utilizan en todas las edades, clases sociales y en todas las culturas. Con ellas, en la adolescencia, construimos muros detrás de los que nos refugiamos, creando un lenguaje complicado, con juegos de palabras, antinómicos y malabarismos lingüísticos en un afán de no ser comprendidos. Buscamos originalidad, así como buscamos desesperadamente configurar nuestra personalidad todavía virgen. El adolescente se hace especialista en el arte de reducir la sintaxis al mínimo; la premura con que se vive a esas edades, les lleva a economizar las palabras, convirtiéndolas a veces en sonidos carentes de significado lógico. Más tarde y con los años, el lenguaje se vuelve mas convencional al convertir el pensamiento en palabras, ya que nos identificamos  más con lo que pensamos que con lo que decimos.

 Sandor Márai en su novela “El último encuentro” nos dice: “Uno acepta el mundo poco a poco y muere. Comprende la maravilla y la razón de las actuaciones humanas. El lenguaje simbólico del inconsciente… porque las personas se comunican por símbolos, ¿te has dado cuenta? Como si hablaran un idioma extraño, chino o algo así, cuando hablan de cosas importantes, como si hablaran un idioma que luego hay que traducir al idioma de la realidad. No saben nada de si mismas. Solo hablan de sus deseos, y tratan desesperada e inconscientemente de esconder, de disimular. La vida se vuelve casi interesante cuando ya has aprendido las mentiras de los demás, y empiezas a disfrutar, viendo que siempre dicen otra cosa de lo que piensan, de lo que quieren de verdad”.

sábado, 15 de octubre de 2011

ENCAMADOS



En 1967, se estrenó la obra de teatro La Fiaca ( La pereza ), del autor argentino Ricardo Talesnik. Fue un rotundo éxito de público y crítica. La trama era simple pero llena de matices y aristas, una dura mirada sobre la realidad monótona y embrutecedora de un empleado que trabaja para una gran empresa de Buenos Aires, que una buena mañana y sin que mediara ningún problema de por medio, decide no levantarse mas de la cama, alegando que tiene “fiaca”, y no le da la real gana de salir de la cama. De esta decisión derivará toda una suerte de problemas que se van desarrollando en el transcurso de la historia.
La literatura está llena de grandes y famosos acostados, escritores que por distintas razones, un día decidieron no levantarse mas, pasando a ser la cama, su lugar de vida y trabajo; su lugar en el mundo.

Luis Landero, interesado en el tema, le dedicó dos libros: Los tumbados, y Tumbados y resucitados. Para él este personaje, “ no es un holgazán, ni un neurótico, ni un simple enfermo imaginario” si no una persona que “ opta por suspender su actividad social y se abandona espléndidamente a la inacción”.
Para Caballero Bonald,  Los acostados y otras controversias, el tema de los acostados le resultaba familiar y cercano, ya que contaba con 5 parientes que habían tomado esta determinación, entre ellos dos mujeres, la tía Carola, “cuya decisión tuvo el mismo significado que si hubiera entrado en un convento” y la tía Isabela, que solo se encamaba “ por temporadas”.




De hecho, Marcel Proust escribió su novela-río, En búsqueda del tiempo perdido, en la cama. De naturaleza sensible y neurótica, cubrió todas las paredes del cuarto con corcho, y la ventana, para que no entrara la luz del sol, les mandó poner celosía, de esta manera su aislamiento del mundo era total, solo escribía y escribía en una vigilia ciega, en que se le confundían los días con las noches. En ese transcurrir de las horas fue perdiendo las secuencias normales del sueño y la vigilia, teniendo que recurrir al veronal para dormir y después a la adrenalina y la cafeína para mantenerse despierto.
En unos escritores los encamamiento duraron semanas o meses, temporadas, una vez terminadas estas, volvían a su vida vertical de siempre.




Cortázar desde su casa en la campiña francesa, cerca de Aix-en-Provence, se encerraba en un cuarto cara a la pared, para no distraerse con los sonidos y las vistas de la ventana, y desde allí, como en su infancia, como jugando legos mentales, armando lo absurdo hasta llegar a lo racional, daba rienda suelta a su imaginación, creando personajes, como sus cronopios, seres “verdes y húmedos”, con los que jugaba como un niño grande.

Oscar Wilde, Unamuno y Valle Inclán, por temporadas, recibían a sus visitas desde la cama, desde allí compartían charlas, intercambiando ideas y lecturas como la cosa mas normal y cotidiana. Sus amigos y visitantes se fueron acostumbrando al hecho de hacer las tertulias de esta manera tan particular.
Juan Carlos Onetti, “el gran tumbado” como le llamaron algunos, en sus últimos años de vida, vivió en un piso de la Avenida de América en Madrid, dedicando este tiempo a los placeres que el cuerpo le pedía: leyendo, escribiendo, fumando y bebiendo whisky.
Desde ese espacio, y acompañado hasta sus últimos días, por su paciente esposa Dolly, se fue preparando para el gran viaje final.

domingo, 2 de octubre de 2011

ALEJANDRA PIZARNIK Y LEÓN OSTROV




De los griegos aprendimos aquella máxima que recomendaba “conócete a ti mismo” como principio y filosofía de vida.
Después Freud y sus descubrimientos sobre el inconsciente nos convencieron de la necesidad de ahondar en ese pozo sin fondo que almacena, sin aparente lógica y sentido, nuestra historia de vida, memoria familiar y colectiva. Pero no es fácil, hurgar y sacar a flote lo que permanece a la sombra sin correr el riesgo de conocer aspectos de nuestro carácter y formación, que hubiéramos preferido muchas veces, dejar ahí, en el olvido y a cubierto de miradas y juicios, aunque fueran los nuestros.

¿El beneficio de hacerlo? aliviar penas y angustias a través del conocimiento y la comprensión de nosotros mismos. El medio será la palabra, el discurso por el que el analista y el analizado irán hilvanando y dando forma a un presente, aunque este haya sido condicionado por el pasado. Porque es el presente el que necesitamos sanar, aliviar, y hacernos grato el aquí y el ahora, aunque nos sea tan difícil de situar.
A través de ese monólogo-dialogo, que se establece en la consulta se irá trenzando pasado y presente, y las voces íntimas que reclamaban y o se hacen audibles por medio de conductas que no llegaba sino a mas laberintos sin salida, pueden hacerse entendibles, o al menos aceptables.


Alejandra Pizarnik, durante muchos años, tuvo contacto con el psicoanálisis. De una sensibilidad extrema,” precoz y procaz” como ella se define en su diario el 18 de marzo de 1961; acomplejada desde niña por su estatura pequeña (1,50 cm) su gordura, y su tartamudez, se convirtió en un ser atormentado y de difícil trato. En la adolescencia empezó a utilizar anfetaminas, y con sus crisis frecuentes, ansiolíticos. León Ostrov fue el analista con el que mantuvo una comunicación más especial y desde su estancia en París una correspondencia que duraría años. León Ostrov, poeta y literato fue profesor de Psicología Experimental en la Universidad de Buenos Aires.

Durante el análisis y por medio de la palabra se establece una comunicación entre médico y paciente, se crean lazos, puentes, que unen afectivamente con intensidad y que más tarde, perduraran en el tiempo.
A ambos les unía, su ascendencia judío-rusa, la sensación de vivir entre dos aguas, dos culturas. De formación humanística y literaria, los dos compartían los mismos sentimientos de admiración hacia la poesía, en una declaración de Ostrov a la Nación en 1983 declara: “Quedaba en ocasiones, si no olvidada, postergada mi específica tarea profesional, como si yo hubiera entrado en el mundo mágico de Alejandra no para exorcizar sus fantasmas si no para compartirlos y sufrir y deleitarme con ellos, con ella. No estoy seguro de haberla siempre psicoanalizado; sé que siempre Alejandra me poetizaba a mi”.




Se define como transferencia, la carga afectiva y las vivencias que proyecta inconscientemente el analizado en su analista. Es decir, la persona sentirá hacia su terapeuta, los mismos sentimientos y prejuicios que sintió hacia sus padres, o las personas que fueron significativas para él durante su infancia. Podrá entonces, sentir enamoramiento, rabia, admiración, desconfianza, temor, etc, sin tener la seguridad del porqué de estas sensaciones que experimenta.

Por su parte, el terapeuta y en términos conscientes, experimentará igualmente, todo un registro de sentimientos al tener también su propia historia de vida. El profesional sano, sabrá manejar adecuada y éticamente estas proyecciones surgidas entre ambos, en el transcurso de las sesiones terapéuticas. Para Freud, la transferencia y la contratransferencia conformaban el Alfa y Omega del proceso analítico, durante el cual la persona pueda hacer consciente su pasado, sanar heridas, y de esta manera, dejar de repetir conductas y patrones infantiles que infieren de una forma negativa en el presente.
Alejandra escribe a León Ostrov desde Francia : " Gracias por sus cartas, por lo que dice y por cómo lo dice. Aquí está por estallar una guerra civil pero no se la siente. El cielo fue blanco este mes, fue una ausencia, era una tristeza, un puerto entre los mundos. Me gustaría saber de Buenos Aires, es decir de usted y de unos pocos más que quiero. Le enviaré una carta más larga, enamorada del primer pronombre como todas las anteriores. No se preocupe por las direcciones ni los cambios de domicilio que merecen por lo menos un Proust para referirlos”.




En 1964 se instala definitivamente en Buenos Aires, y desde su eterna adolescencia, escribe, publica y se relaciona con poetas y pintores.
En 1968 recibe la beca Guggenheim que le permite seguir cultivando su vida de poeta rebelde que explora y bordea los limites de la razón. Su estado anímico se resiente con la muerte de su padre, que para ella significa, la toma de conciencia de su adultez, y una profundización de su sentimiento de soledad.
Entra y sale de establecimientos psiquiátricos, pasando de profundas depresiones a estados de vigilia y alertas permanentes.
Sus voces internas se multiplican igual que su producción literaria, escribe poesía, narrativa, teatro, diarios, correspondencia. En 1971 le conceden la beca Fulbright.
Sus acercamientos a la muerte, tienen el día 25 de septiembre de 1972 un desenlace final, ingiere 50 pastillas de Seconal y muere al amanecer.
Tenía 36 años y a partir de entonces comienza su leyenda.

lunes, 19 de septiembre de 2011

LOS SENTIDOS Y EL ESCRITOR (y 2)




El gusto. El sentido más sabroso

Laura Esquivel en su libro Como agua para chocolate nos muestra el placer y el erotismo en la cocina. Universo femenino y críptico en la lucha contra el patriarcado que somete. Con un lenguaje metafórico sus protagonistas van evocando sus sentimientos paralelamente a la elaboración de los platillos, como tesoros únicamente entendibles por el alma femenina y que fueron pasando de generación en generación.
El espacio de la cocina ha sido trinchera para la mujer desde hace miles de años y a su vez, también ha sido el hogar caliente y seguro que calma y reconforta, lleno de olores, ruidos y sabores que nos conducen a lo más remoto de nuestros orígenes. Por medio del simbolismo de la cebolla, nos muestra el concepto arquetípico de la mujer-sufrida, del destino trágico de su género. Yo prefiero verlo desde otro concepto: el de la mujer que evoluciona y rompe estereotipos; que busca al hombre para caminar a su lado, ni detrás ni adelante; y que, simbólicamente, como la cebolla, se va deshaciendo de capas inútiles, que si bien la han protegido durante toda su historia, también le han impedido llegar a mostrar su verdadero núcleo.





El tacto. El sentido más sensual y cambiante.

A la piel se la reconoce por el tacto, en el sentir de las minúsculas terminaciones nerviosas, como una suerte de ejércitos primeros en explorar territorios desconocidos. Nos protege y nos alberga, habitamos en ella, por necesidad y también, por una especie de lujo que nos concedió la naturaleza.
Cuando la piel se expresa, es siempre mas autentica que nuestras palabras, porque escapa al control y gobierno del cerebro, ese tamiz fino, pero de fuerte tramado que alberga todas las restricciones que el ser humano ha ido inventando. La piel, poco a poco nos fue dando identidad, para bien o para mal, nos etiquetó con marcas indelebles capaces de alejarnos o aproximarnos a los otros. Sobre ella, como en un dúctil papiro, se escribió nuestra vida, recogiendo alegrías y pesares, los desvelos por lo nunca alcanzado, o la placidez del sueño a la sombra de un olmo verde.
Como el poeta, confesamos que hemos vivido, y que no negamos el mas mínimo surco escrito en ella.
A veces, nos metimos curiosos en pieles ajenas e intentamos ver el mundo desde ese nuevo lugar, para confirmar después, que a pesar de los pesares, el nuestro era mejor, aunque solo fuera por lo conocido.




El escritor sabe como nadie de los cambios de piel. De la inquietud y el desvelo que padece cuando sus personajes, indefensos y desorientados rondan al principio por su mente, en busca de un autor que les de un destino que vivir. Pero, los personajes como los hijos, solo son prolongaciones nuestras, que llegado su momento, se independizan dejándonos también, un poco huérfanos.
Por medio de los personajes, se busca el vivir vidas ajenas no atrevidas por inseguridades, cobardía, o la comodidad de la rutina; y cuando esas barreras se logran superar, ha cambiado tantas veces de piel, que la suya propia, llega a ser una amalgama de todas las demás en las que anduvo. En ese querer vivir otras vidas, aunque sea puro artificio, se apuesta y se expone la piel, quedando desprotegidos.




A través de ellos, y dependiendo de la imaginación, las carencias, o los “yoes” que nunca emergieron del interior de nosotros, seremos: audaces y sensuales cabareteras, científicos brillantes y medio locos; aventureros suicidas que se sumerjan sin miedo en los agujeros negros de la razón.
Cada personaje creado lleva nuestro rastro, marcas de agua, ciertos aromas que nos identifican como autor, especie de huellas dactilares que exponen nuestra historia de vida a la crítica ajena; porque somos dueños de la palabra emitida, pero no de su interpretación.
Otras veces el personaje creado, poco a poco se fue apoderando de nuestras palabras y actitudes, y con él dejamos que los demás nos reconocieran en un juego de identidades.
Pasó también, que el personaje creado, se apoderó del espacio y la fama de su creador, anulándolo prácticamente, como en el caso de Arthur Conan Doyle y su celebrado Sherlock Holmes.

Por eso, quizás dicen que los escritores, tienen rasgos de esquizofrénicos, por aquello de la cantidad de personajes que pueblan su mente, heterónimos conscientes y admitidos, o no conscientes, pero que de igual forma se hacen presentes con sus rasgos y características particulares. Arturo Graf lo tenia bien claro cuando decía: “El de la locura y el de la cordura, son dos países limítrofes, de fronteras tan imperceptibles, que nunca puedes saber con seguridad si te encuentras en el territorio de la una o en el territorio de la otra”.

lunes, 5 de septiembre de 2011

LOS SENTIDOS Y EL ESCRITOR ( I )




Al buscar la definición de sentido, me encuentro con numerosas acepciones que van desde la expresión de un sentimiento, razón de ser, interpretación, etc. hasta llegar al sentido común, de la orientación, del equilibrio. Pero quiero referirme a los sentidos más utilizados o que más nombramos como la vista, el olfato, el oído, el gusto, el tacto, y hacer una conexión con el escritor, de cómo los percibe, los utiliza y se deja conducir por ellos, en el ejercicio de la comunicación y de la creación de personajes. Me llama la atención que estos, aunque por el adjetivo pertenecen al genero masculino, cuatro se perciben por medio de orificios de distintos tamaños y de diferentes formas. Pareciera una suerte de componenda de lo femenino, entendiéndose por femenino todo lo cóncavo, lo oculto, lo húmedo.




La vista . El sentido que más nos ubica

Alfredo Gómez Cerdá a la pregunta insistente y repetitiva de cómo se inspiraba a la hora de escribir, explicaba que él distinguía dos miradas: la interior y la exterior. La interior es la que dirigía hacia sí mismo, a su microcosmos. Su mundo interior está implícito en la creación de los personajes y a través de ellos indaga, formula y resuelve sus propias dudas. Por medio de la mirada exterior da cuenta del determinado momento histórico de un país, de la sociedad en que está inmerso; en la que él es también actor y espectador.
Esas dos miradas, no necesariamente van por separado, sino que están contaminadas la una de la otra generalmente. Algunos autores, por su determinada personalidad y recurriendo a sus vivencias, han preferido la interior; Dostoievski, en el Jugador, refleja su afición por el juego y la falta de control sobre éste, y através de la descripción del personaje hace un estudio riguroso del alma humana y todas sus vertientes. Otros, dieron más cabida al mundo que los rodeaba, conscientes de hasta que punto eran condicionados por una sociedad y unos lineamientos con los que le había tocado vivir. Charles Dickens por medio de sus protagonistas y las aventuras y desventuras de estos, describe con la minuciosidad de un historiador, el momento histórico en que enmarca sus personajes, la Inglaterra victoriana y los cambios que trae la proximidad de un nuevo siglo. También se podría decir que cada mirada a su vez engloba a otras muchas, que hace que sea infinito el camino por el que puede transitar un escritor.




El olfato. El sentido más evocador.

Según el científico Ellis Havellock, el olfato es el más desarrollado de los sentidos entre los mamíferos; el primero en informar con mayor precisión de todo cuanto a ellos se aproxima. Aunque ya, en el mono perdió su importancia, y en el hombre es casi sustituido por la vista. Aun así, conservó una fuerza emocional, que tal vez dependa de que su centro anatómico está situado en la parte más antigua del cerebro. Es un sentido imaginativo ante todo. Ningún otro sentido como este tiene el poder de la sugestión, la habilidad de despertar antiguos recuerdos con reverberaciones amplias y profundas. Bidet, en sus estudios sobre la preponderancia emocional de los olores en los casos de neurastenia, cita a Baudelaire y a Zola. En Las flores del mal, el poeta fue uno de los que más insistió en el significado imaginativo y emocional del olor. Por su parte Zola en todas sus novelas, pero particularmente en La falta del abate Mouret, se ve la misma insistencia acerca del significado de los olores de todos sus mas amplios registros. También se comprobó que Zola era de un tipo olfativo psíquico, que en él influían de un modo especial los olores y que tenia para ellos una memoria extraordinaria.
Del mismo modo que Zola, Nietzsche en sus escritos demuestra una sensibilidad y marcada antipatía hacia varios olores, cosa que ha sido considerada como una prueba de su gran sentido y agudeza olfativa.





El oído. El sentido que nos conecta

Si alguna vez hemos hecho la prueba de taparnos los oídos cuando estamos rodeados de gente, la sensación que tenemos, es de total aislamiento, de soledad. Tal es el poder de este vínculo que nos conecta y nos hace participar de lo que sucede a nuestro alrededor. Si por alguna razón quedáramos desconectados del exterior, creo que como método de salvación, volveríamos la mirada y la voz hacia dentro de nosotros. Han sido muchos los creadores que nos han dado muestra de ello: Beethoven, Goya y en la literatura  Pierre de Ronsard, escritor francés del siglo XVI. El hecho de quedar sordo por una enfermedad en su niñez, hizo que variara el rumbo de su historia. Noble de nacimiento, estaba predestinado a las armas sirviendo en la corte de Carlos IX. Su aislamiento le introduce en el mundo de las letras. Junto con otros compañeros también sordos funda La Pléyade y empieza a escribir poesía en francés, cuando sólo se utilizaba el latín. Aporta a la literatura universal el reconocimiento del francés como lengua de gran poder y belleza. Muere en 1585 casi completamente olvidado.


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