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viernes, 15 de mayo de 2015

CRÓNICA BREVE DE UN BAUTIZO






Pues sí,  amigos, después de mucho batallar  nació mi primer libro, para mi solita. Y eso, que  corren tiempos difíciles en esta Venezuela; cuando no hay papel,  no hay tinta, o se va la luz y/o cualquier otro problema. Pero un día todos los astros se alinearon y pudo ser, gracias al esfuerzo y cariño que puso mi editora, Les Quintero, de la Editorial Lector Cómplice. Por cierto, que ese nombre tan bonito se debe a la novela  Rayuela, de Cortázar, al referirse “a un cierto tipo de lector contrapuesto al lector pasivo”. La presentación se realizó el 9 de Mayo,  en el marco del 7° Festival de la Lectura de Altamira, un lugar y una feria emblemáticos en Caracas. Mi presentadora-madrina fue Beatriz  García Naranjo, profesora y amiga, con la que comparto angustias y alegrías. Invitados; familiares,  amigos y todos los conocidos que me topaba por esos días, los cuales asistieron fieles, arropándome con su presencia y cariño. La sensación es la de entrar a un club privado y exclusivo; el de los publicados. Y como un niño en su primer día de colegio, todo expectante y asustado, te acercas a los grandes y conocidos  con un ¡¡¡¡holaaaaaa quieres ser mi amiguito?????? Y también como en el primer día de colegio, nunca falta el que te mira todo atravesado antes de hacerte un espacio en su círculo.



Con Beatriz García Naranjo, madrina y presentadora



Al día siguiente amaneces feliz, con una gran resaca, agotada de tanto saludo y abrazo, seca la boca de tanto hablar y una extraña sensación te habita el alma. Me imagino que se debe a la falta de costumbre, porque el oficio de escritor, es el más solitario y silencioso del mundo. Solo necesitamos un cuaderno y un lápiz y un rincón, o un cuarto propio, como diría mi admirada Virginia. El día siguiente del día después, vuelves a tus trabajos y oficios, un poco más alzada y con una sonrisa pegada a los labios, pensando que valió la pena todo el esfuerzo.


Con Jorge Gómez Jiménez, director de Letralia

jueves, 12 de marzo de 2015

LA CATRINA, SEÑORA DE LA MUERTE



CRÓNICAS DE MÉXICO




Dicen que fue Diego Rivera quien la bautizó con el nombre de Catrina, basándose en una caricatura original de José Guadalupe Posadas.Ya ha cumplido 100 años y en su comienzo se llamaba la Calavera Garbancera, en alusión a la mujer del pueblo que vendía garbanzos en los mercados, pero que creyéndose europea (francesa o española) renegaba de su propia cultura. Una burla a esa parte de la sociedad que no se identifica con sus propios valores y pretende aparentar lo que no es.


Empieza a aparecer en los periódicos llamados de “combate” donde se critica duramente a las clases altas y a los políticos que gobiernan el país. Estos escritos se ilustraban con calaveras de todo tipo y tamaño, sobre historias de crímenes, damas, terror y políticos. Nadie como el mexicano para burlarse de la muerte, para torearla y buscarle el lado jocoso que, como una compañera ineludible de viaje, te acompaña todo el tiempo.


En el mural Sueños de una tarde dominical en Alameda Central, Rivera, la engalana y la sitúa en el centro, rodeada de 150 personajes de la cultura mexicana y de su memoria familiar, donde aparece él de niño delante de su inseparable Frida. La Catrina  aparece vestida con traje largo, sombrero con plumas de avestruz representando al viejo continente y la conquista de México. La estola que la envuelve,  representa la serpiente emplumada del dios Quetzalcóatl, la vida y la muerte y en medio, el hombre habitando entre estas dos fuerzas. El sombrero en su primera representación, aparece engalanado con amapolas, la flor delicada y mortífera que puede adormecer al pueblo de sus anhelos y reivindicaciones.



Octavio Paz el historiador por excelencia mexicano, el cronista mayor de la cultura de este país, en su ensayo “Todos los santos, día de muertos” escribe: “Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida, no es tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte y a la inversa. La muerte no era el final natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico que se repetía insaciable. La vida no tenia función más alta  que desembocar en la muerte, a su vez no era un fin en sí, el hombre alimentaba con su muerte la vecindad de la vida siempre insatisfecha”.


 “Para el habitante de NY, Paris, o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja,  es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”. “Cierto, en su actitud hay quizás tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde, ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia desdén o ironía”, “si me han de matar mañana, que me maten de una vez”.
 El mexicano de hoy es una mezcla de culturas pasadas y presentes. De la cultura pre-hispánica conserva la altivez y el sentido del honor a su casta o tribu. Del hispano, la religiosidad hecha sincretismo y de la influencia sajona, el modernismo que arroya y se lleva a las dos anteriores por delante.


La máscara tan utilizada en la cultura pre-hispánica, aún persiste en su idiosincrasia, especie de metáfora del hecho de no mostrar su alma siempre rebelde, porque abrirse, según Paz, es debilidad propia de mujeres. La mujer mexicana, rehuye de su voluntad, ella espera ser despertada de su sueño a través del hombre. Atrae pero no seduce, es el hombre el encargado de este ritual, el mexicano sólo se muestra quitándose la máscara en sus fiestas, se abre, porque le está permitido. Por eso la Catrina, señora de la muerte, buena moza, remedo de un pasado y visión de un futuro, coqueta nos invita a vivir con plenitud la vida, al mismo tiempo que nos recuerda la fragilidad de ésta.

Imágenes tomadas de la Red

jueves, 19 de febrero de 2015

LA CASA DE FRIDA Y DIEGO


 CRÓNICAS DE MÉXICO



El barrio de Coyoacán, en la ciudad de México, fue a principios del siglo pasado una zona de albergue para artistas y gentes que buscaban lugares donde el crecimiento de la gran ciudad, no se los tragara vivos. Zona de casitas bajas, cada una a su aire y con la impronta de sus dueños, pero que no obstante, guardan una cierta armonía en el lugar. Hoy, esta casa pintada de azul y naranja, siempre tiene colas de gentes en la puerta.





 La casa en sus orígenes fue adquirida por el padre de Frida en 1904 y después, paso a ser de la pareja que la fueron adaptando y acondicionando a sus necesidades y gustos. La casa azul por la que se conoce este lugar, representa el útero que cobijó a Frida, desde su nacimiento hasta su muerte. Allí vivió toda su vida rodeada de sus objetos de arte, sus libros, pinceles y muñecas. Cada rincón de la casa trasmite vida y pasión aún hoy al contemplarlo. Toda su vida se guarda entre esas paredes y jardines que poco a poco fueron anexando a la casa. Su pasión por la vida se conserva intacta, su historia de amor y dolor con Diego Rivera se encuentra en cada recámara, al igual que su historia de amor y dolor con la vida.
El espacio de la cocina es grande, luminoso, con utensilios para cocinar con fuego de leña, a ella le gustaba cocinar a la antigua usanza, utilizando maderas y carbones. Las alacenas guardan copas, vasos y platos trabajadas por artesanos que fueron amigos y conocidos de la pareja. Lugar vivido y disfrutado, que generó vida y placer a sus dueños.



El sol entra por las altas ventanas e ilumina el estudio que Diego mandó construir para ella. Su caballete móvil y adaptable  a la altura que ella necesitara, ocupa un gran espacio en la habitación. Sus libros sobre política y arte, se guardan tras los cristales de la biblioteca como si apenas ayer, hubieran sido utilizados.



 Cerca, su alcoba de noche y su alcoba de día. En la de noche, angosta, cómoda y coqueta, no hay señales de dolor, sólo de sueños y placeres. Una colcha blanca, tejida por manos de hadas, cubre el lecho; provoca su blancura y la redondez de sus formas. La alcoba para el día impresiona. Duele ver esos aparatos construidos y diseñados para mitigar su dolor, su imposibilidad de movimientos, su desespero ante la vida que pasa y a la que ella va dejando de pertenecer. Su madre mandó poner un espejo en el techo del caballete  instalado en la cama, desde allí, Frida, pinta su autorretrato una y otra vez. No hay una sola sonrisa en ellos, solo una mirada desafiante, frontal; unos ojos en pie de guerra.



 Afuera, el verde del jardín refresca el ambiente de la casa. La piedra volcánica y el negro de su suelo cubierto de yerba, me ofrecen un respiro. Han  pasado las horas y el sol cobija con esa tibieza del invierno.

Imágenes tomadas de la red
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