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miércoles, 8 de enero de 2014

LA TIETA





 Joan Manuel Serrat, fue el primero que nos hizo visibles, al menos a los castellanos, la figura de la tieta, un mito de la cultura catalana. Su canción nos hablaba de una mujer de eterna soltería, querida por todos los miembros de la familia, pero no amada por un hombre en particular. Era la tía soltera de la España franquista, resignada a su destino, con algo de enfermera, madre amantísima y algo monjil. Habitaba en todos los hogares, como esas plantas necesarias en todo balcón, que alegran y dan alivio desde una trifulca familiar a una tos bronquial, siempre ahí, cercana, prodiga en consuelos y amores.





Pere Ginferrer en su libro de Memorias, nos la describe así: la tieta es la solterona de la familia, la resignada madre de los hijos de otras, la muy querida por todos, pero jamás amada por ninguno en particular, la segundona de los afectos pero depositaria de los más duraderos. La solitaria del vestido cursilón – y si tiene amigas visten tan cursi como ella-, la de los horarios mantenidos a rajatabla, la celadora de las costumbres que todos han olvidado, la conservadora impertérrita del buen tono que la juventud, implacable, pretende desterrar. Y, en muchos casos, la que tiene que sobrevivir a todas las ausencias y las va viviendo convertida en enfermera y, a la postre, en enterradora. El estado oficial de la tieta es la soltería, pero siempre resulta una incógnita familiar saber si fue por elección o por destino. La pregunta ¿por qué no se casó la tieta? Es de las primeras que se formula una buena sobrina cuando le suena la hora de la pubertad. El temor de quedarse en la misma situación no debe ser descartado en absoluto.




No sé por qué empiezo el año con este tema, quizás me acuerdo de todas esas tietas que nos acompañaron por el camino, de esa gente que nos quería y nos quiere  porque si, gratuitamente, por nuestra simple existencia y, en la que no hemos reparado, o muy poco,  o sólo dejándonos querer, casi como justificando que el simple  hecho de nuestra existencia, era suficiente motivo para ellas. Salut y cariños.

Imágenes del artista catalán Didier Lourenco, tomadas de la red


lunes, 25 de febrero de 2013

DESPUES DE LA SIESTA





Para Carmen, mi hermana


 Recuerdo que aquella tarde, amodorrada por la oscuridad del cuarto, luchaba para no dormirme. Nada peor para un niño que la siesta, el reposo cuando no hay cansancio, y el mundo entero está por descubrir. Afuera, no se oían los murmullos de las palabras extranjeras y entrecortadas por los chirridos metálicos del telefunken. Creo que mi padre había salido, a lo mejor se había cansado de tratar de sintonizar la BBC de Londres, buscando noticias sobre Franco. Era su ritual, sentarse al lado de ese enorme radio lleno de teclas que se hundían facilitas. A mí solo me estaba permitido mirarlo sin tocar y observar a mi padre, en su empeño cotidiano, solitario y esperanzado de oír que “a la dictadura le queda poco”. En las noches el sonido era mejor, y el volumen se reducía al mínimo, porque “las paredes oyen” y el miedo agudiza los sentidos. Yo solo pensaba que al levantarme de la siesta, podría ver de cerca el vestido de sevillana rojo con volantes blancos. Estaba colgado en una percha de metal, en medio de la sala. Lo habían traído por la mañana y era el foco de atención desde entonces. Mi hermana no le quitaba los ojos de encima, parecía soñar al verlo. Mi madre sonreía, asomándose al futuro a través del encaje de los faralaos. También estaban en la sala un baúl enorme verde oscuro, lleno de clavos y de cerraduras mágicas.





 A su alrededor y apiladas en santa paz, había sabanas de algodón bordadas, toallas gruesas, blusas de organdí y faldas de tubo, de esas que se ponía mi hermana cuando salía a pasear con sus novios. Y zapatos, muchos zapatos de tacón fino, puntiagudos, altos y desafiantes. Cuando ella salía, yo aprovechaba para zapatear por toda la casa, con mi pie pequeño que hacia doblarse asustado al zapato. Otra cosa muy diferente era las pinturas, inaccesibles, escondidas para mí, sobre todo el pintalabios y el colorete, frutas prohibidas del paraíso de los adultos que hacían mis delicias.






 Algo se avecinaba y yo no podía entender por qué la casa ardía en preparaciones, visitas, compras y revuelos. Mis padres decían que el futuro estaba en América y yo al oírlos, pensaba en viejos barcos a vela, mujeres hermosas y piratas buenos, que cruzaban el océano entre días soleados y noches estrelladas. Las mujeres hablaban de los inventos americanos como el nylon y las medias sin costura, y mi padre, de los avances de la televisión y en general del gran nivel de vida que por aquellas tierras había. El billete ya estaba comprado, de Madrid a Vigo, y allí un barco de la Transatlántica Española hasta el puerto de la Guaira, en Venezuela. De 10 a 14 días de navegación daban para mucho. Iría sola en el viaje, pero encomendada a todos los santos y patrones, y allá la esperaba la madrina. Ellas serian las primeras en explorar esas tierras lejanas de las que tanto se hablaba. Carmen era guapa, decidida y había terminado la carrera de magisterio; le iría bien. El viaje y sus alrededores nos quitaron el sueño por mucho tiempo.





 Allá en el nuevo país, se necesitaba mano de obra, mientras crecía como un adolescente y todo estaba por hacerse. De la construcción y la vialidad se encargaban los italianos, así como la sastrería y las tiendas de calzado. Los portugueses, generalmente de la isla de Madeira, tenían el monopolio de panaderías y viveros. Los españoles, especialmente canarios, de la siembra en los fértiles valles, de restaurantes, bares y comercio de víveres en general. Los alemanes, construyeron un poblado para ellos solos en las montañas que recordaban sus paisajes de Baviera; los árabes y judíos el negocio de telas y joyería. Y así, cada extranjero enseguida prendía como una planta nueva en tierra fértil. En los procesos de emigración en Latinoamérica se dieron bajo una característica especial, que Uslar Pietri llamaba “el injerto”, cuando la nueva cultura se mezcla con la autóctona y produce un fruto nuevo que tiene vida y características propias, con elementos de las dos culturas fundidas y amalgamadas en sus raíces.





 La vida continúo para todos. Los pequeños haciéndonos mayores y los mayores preparándose para marcharse. Había demasiadas tierras prometidas, demasiados cantos de sirena que atender. El mundo era inmenso, tan grande como decían los libros y las enciclopedias que había en la casa. Y así, a través del tiempo, se fueron creando nuevas biografías, las ausencias se fueron tejiendo con el quehacer diario y con el convencimiento que da la ley de la vida, que solo quita lo que nunca nos perteneció realmente.

Imágenes tomadas de la red.

lunes, 24 de septiembre de 2012

LA LIBRERÍA SHAKESPEARE AND COMPANY

Silvia Beach  y Joyce

Me encantan los libros y su habitad natural, las librerías; por eso cuando me encontré con Shakespeare and Company fue una inmensa emoción, como cuando te encuentras a un amigo querido en un país  extraño. Estábamos buscando un lugar bueno y barato donde comer, tarea difícil  en París,  no por lo bueno que abunda, si no por lo barato,  y nos recomendaron el Barrio Latino  y sus callejuelas llenas de sorpresa y encanto. Próxima a la Plaza de Saint Michel, a Notre Dame y frente al río Sena , está una de las librerías más emblemáticas de una vieja hornada que se empeña aún en sobrevivir, entre las cadenas de venta de libros como un objeto más,  manufacturado en un gran almacén chino.





 La actual librería, situada en la calle Bucherie, frente al Sena, fue abierta en 1951 por su propietario, un norteamericano llamado George Whitman, ( sin parentesco con el poeta),  que se instaló en París, después de la Segunda Guerra Mundial. Viajero y lector impenitente, fue acumulando libros en ingles en el cuarto de hotel donde residía, hasta que decidió abrir en la calle Bucherie una librería con el nombre de Le Mistral, en honor a Gabriela Mistral, cuyo país había conocido, y admiraba su poesía. De sus viajes por el mundo y de su afición a la cultura bohemia, adquirió la costumbre de ofrecer posada a los jóvenes escritores y poetas, a cambio de la limpieza, organización y venta de los libros.

 George Whitman, estuvo viviendo en la parte superior la librería hasta 2011, fecha en la  que murió a los 98 años de edad, siempre fiel al sistema y al círculo de escritores y amigos,  que el mismo fundó. Se cuenta que su librería, fue visita obligada para la generación beat, Jack Keruac o Allen Ginberg, y todo tipo de personajes del mundo del arte y la cultura, allí compartieron momentos de lectura y conversatorio. Henry Miller, Anais Nin, Samuel Beckett fueron también asiduos visitantes. Sus paredes aun conservan las cientos y cientos de papeletas que dejaban los turistas, con pensamientos o declaraciones de amor y dolor.




 Según los biógrafos de la librería Shakespeare and Company , el nombre original proviene de la editora norteamericana Sylvia Beach, que desde los años 20 regentaba una librería con ese nombre en la calle Odeón, y fue la primera en vender libros escritos en inglés y organizar tertulias literarias. También fue la primera en editar el Ulises de Joyce, al que apostó y por el que sentía una gran admiración. Dedico su dinero y todas sus energías en promocionar al escritor irlandés, al que aconsejaba sobre como enfocar su carrera en el difícil mundo editorial de esos años, el París de entre guerras. Joyce la seducía con la palabra, leyéndole sus poemas con voz grave y dramatizando su significado con un acento irlandés,  que encantaba a Sylvia. La librería. fue desde los años 20 a los 40 tierra de nadie, y también la tierra de todo aquel escritor que acudía a sus tertulias, buscando opiniones amigas, y mitigar un poco con la amistad ese sentimiento de extraterrado con el que convivían. Por sus estrechas habitaciones pasaron, Joyce, Hemingway, Lawrence, al que Sylvia , no quiso publicar “El amante de Lady Chatterley”, Pound, Eliot, Gertrude Stein, Andre Gide .




 En sus tertulias, se conocían los escritores y aficionados a las letras y a cualquier arte en general, era legendario su buen hacer de anfitriona, el empeño y dedicación que ponía en este mundo, el de las palabras, al que había consagrado toda su vida. Pero la librería, también se vio afectada por los duros años de la guerra y el crack financiero, que estuvo a punto de dejarla en la bancarrota. Uno de sus parroquianos más fieles, André Gidé, creó el Círculo de Amigos de la Librería, y puso una cuota de 200 francos anuales, para poder asistir a los recitales y lecturas de los grandes autores que por allí pasaban. Esto le dio un valor añadido en el ambiente intelectual de la época. A pesar de todos los esfuerzos la librería tuvo que cerrar en 1941, los libros fueron recogidos en la vivienda de Sylvia esperando mejores tiempos.





 Años más tarde, Sylvia Beach que conocía la existencia de la librería “Le mistral” de su compatriota Whitman, en la calle Boucherie, decidió pasarle los derechos del nombre Shakespeare & Company. Los dos habían compartido por años, el mismo espíritu libertario, apoyando a los jóvenes escritores, y habían dedicado su vida entera, a la divulgación de la literatura de habla inglesa en una tierra extraña, lejos de su continente.



 Actualmente, la librería de la calle Boucherie, goza de buena salud, manteniendo el mismo espíritu de sus creadores. En sus paredes abarrotadas de estanterías, puedes encontrar cualquier cosa publicada en ingles, desde sesudos tratados, cuentos infantiles, novela, ensayo, etc. Ediciones antiguas difíciles de encontrar o libros recién horneados de la editorial. Los jóvenes escritores, o amantes de las letras, siguen encontrando un lugar donde hospedarse, a cambio de unas horas de trabajo en la librería. Dicen sus biógrafos, que más de 40.000 jóvenes durmieron ahí, arropados por ensayos y poemas, historias y leyendas, en este santuario de las letras inglesas en pleno corazón de París.

martes, 31 de julio de 2012

AMANECERES



Cada ciudad como cada quien, tiene una manera personal y única de despertarse, de amanecer y descubrir el nuevo día. En la primavera, ese cruce de caminos entre los fríos rigurosos de invierno y los tórridos veranos, surgen las ciudades perezosas, que entre bostezos y nuevos sonidos, va perfilando las siluetas de los edificios. Los ruidos y las voces que la acompañarán al menos, durante las horas de luz, y que a lo largo del día, se multiplican en progresiones geométricas incalculables. 

Madrid, siempre fue de amaneceres lentos, perezosos, propios del que se acuesta tarde y el sueño pegado aun a la piel, le impide moverse con agilidad. Los gorriones y los mirlos, comienzan con sus rutinas habituales de cantos y graznidos, ajenos a otros despertares. De las bocas del metro, van saliendo hombres y mujeres cansados, porque han visto crecer la noche, mientras conversan animadamente en las terrazas. En la mañana, las sillas duermen apiladas en simétricos montones, mientras el barrendero aprovecha la quietud de la hora para ejercer su mando.

 En el barrio romano del Trastevere, por su proximidad al mar y la cercanía a las aguas del rio Tiber, se oyen las gaviotas inquietas por los trasiegos entre la tierra y el agua que mana en Roma por cualquier parte, en las grandes fontanas y en las pequeñas y familiares fuentes de chorros abiertos, a todo el que quiera refrescarse de sus calores pegajosos. Café latte caliente, caras amistosas y bulla en las mesas, todos hablan al tiempo, pero no importa el no oírse, se siente uno bien.

 La gran metrópolis de París nos despierta en esos días, entre lluvia fina y voces quedas. Recuerdo a Jaques Dutronc y su canción "París se reveille”, donde cuenta el Paris que él conoce bien y pasea, cuando se acuesta a las 5 de la mañana.Cuando cansancio de los amantes termina con los sueños, mientras en los cafés, se limpian con fruición sus vidrios para que el parisino siempre “voyeur” del paso de los otros, pueda recrearse y abstraerse en una contemplación que olvida al dialogo. Cafés pequeños y coloridos, en todas las esquinas, de todos los formatos. Terrazas bien dispuestas en filas de mesas y asientos, como las de los cines o cualquier espectáculo, que invitan a ver y dejarse ver, no al dialogo entre los que las comparten.

 Mientras la ciudad amanece, en los hoteles siempre fríos e impersonales se arropan las soledades, y los turistas se preparan para el recorrido exhaustivo y cansino que nos hará recorrer los lugares señalados por todos de que" hay que ver", dejando poco tiempo y espacio para aquellos lugares que se van encontrando en el camino: una plaza pequeña que no nos lleva a ninguna parte, un banco a la sombra fresca de un castaño.

 Las ciudades se asemejan en sus despertares, son las mismas somnolencias que las ponen en marcha y los mismos desvelos al terminar el día, mientras el turista ajeno a estos afanes “va de su corazón a sus asuntos” con las pupilas repletas de imágenes queriendo apresar el tiempo en la memoria, siempre inasible haciéndose pasado.

domingo, 31 de julio de 2011

SIESTA




Calor. Son las dos de la tarde y el cuarto está oscuro. Las persianas hacen sombras en las paredes blancas. El aire es denso y una mosca da vuelos rasantes y obstinados sobre los muebles. Busca la salida hacia la luz, tropieza una y mil veces para al final, quedar también amodorrada sobre la cabecera de la cama. Afuera, reverberan las palabras de los pocos que se atreven a salir, a unos espacios cegados por la luz. En la ventana, el geranio amarillo se despereza alebrestado por la visita del abejorro. Los comercios están cerrados; las santamarías descansan pesadas sobre el cemento. La ciudad está en toque de queda.


martes, 31 de mayo de 2011

ASOCIACIONES A LA PALABRA TIERRA



Tierra, femineidad, vientre, barbecho, cadera escindida, piel expandida, pechos dulces, vía láctea,vigilias prolongadas, pequeñas alegrías, nanas susurradas, duermevela. Sumas

Ruedos alargados, besos secos, palpitaciones, mejillas encendidas, manos torpes, libros pesados, proyectos, faldas ajustadas, escotes imaginados, devaneos, libertades, búsquedas, encuentros, sueños compartidos, paréntesis. Multiplicaciones.

Palabra viva, frutas maduradas, cosechas recogidas, amores adquiridos, círculos concéntricos, nostalgias no digeridas, transparencias, soliloquios, provocaciones, tiempo en espera. Restas y divisiones.
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