miércoles, 28 de noviembre de 2012

2 CUENTOS DE AMOR 2








LOS RINOCERONTES Y EL AMOR.

 Un rinoceronte enamorado es casi una tragedia. Nunca sabe qué hacer. Raspa, durante años su lomo contra los robles más viejos. Con frecuencia se equivoca. Suspira demasiado, gruñe, espera que salga la luna y se empeña en demostrar que puede mojar con su lengua la punta de su cuerno. Un rinoceronte enamorado es siempre un homenaje a la estupidez. Olvida su tamaño, su furia, su fuerza. Y es capaz de repetir el tonto gesto de las serenatas, el suicidio de las simples margaritas. Pasa meses frente a Hiroshima, mon amour, por supuesto. Un rinoceronte enamorado no asusta a nadie. Tal vez por eso, siempre fracasa.





 LA TOALLA ESTÁ TRISTE.

 La toalla siempre está triste. Poco sol, humedad, gripe constante. Vive en un mundo lleno de peligrosos espejos, metales resbaladizos, losas heladas. Aun así  ella mantiene todavía caliente su ilusión (como las damas de antes). Todas las tardes ella espera el momento en que él (delgado con un lunar en el muslo izquierdo, pelo oscuro, bigote tiernamente escaso) entra desnudo. Lo mira, lo admira también, de reojo. Mientras el agua cae y el jabón resbala, ella imagina (sentimental al fin) que hay diamantes desgajados y huesos dóciles. Ella jura que se muere, luego se le prende al cuerpo como una ardilla feroz, se pierde la toalla, se deja, la tocan, estremece, rueda en sus tobillos, se anuda en su sexo, se estrangula. Y, cuando le falta un movimiento, la intuición de un vaivén, tan solo, un dedo sobre la nuca solamente, él la deja, la suelta, la cuelga, la deja vieja seca queja muerta. Solo por esto, algunos hombres se condenarán. Otros conocerán la rabia y la belleza.
 Alberto Barrera Tyszka Edición de lujo. Ed. Fundarte, Caracas, 1990.

Imágenes tomadas de Internet.

martes, 30 de octubre de 2012

TATUAJE



Ednodio Quintero ( Venezuela 1947 ) Los mejores relatos. Visiones de Kachgar Colección País Portátil 2006. bid & co.editor ca.

  Conocí la obra de Ednodio Quintero en los talleres de Escritura Creativa de Israel Centeno, con el que compartimos clases memorables y paseos por el parque del Este. Entonces nos hablaba de que era uno de los escritores venezolanos que más admiraba, con una obra original, que abarca ensayo, narrativa y guiones para cine. Quisquilloso y perfeccionista al máximo, sus cuentos son pequeñas piedras que va puliendo hasta encontrar la beta preciosa que cada uno encierra en si misma. Profesor de la Universidad de los Andes (Mérida), admirador desde la infancia de los cronópios de Cortázar y del solitario Gregorio Samsa, comienza a escribir a los 40 años, la novela La danza del Jaguar con la que se abre un espacio definitivo en la literatura venezolana. Ha recibido entre otro los siguientes premios: En 1994, Premio Miguel Otero Silva de la Editorial Planeta por El Rey de las Ratas. En 1999, Premio Francisco Herrera Luque, de la Editorial Grijalbo- Mondadori por El Corazón ajeno.

 TATUAJE

 Cuando su prometido regresó del mar, se casaron. En su viaje a las islas orientales, el marido había aprendido con esmero el arte del tatuaje. La noche misma de la boda, ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal. La felicidad de la pareja fue intensa, y como ocurre en esos casos, breve. En el cuerpo del hombre revivió alguna extraña enfermedad contraída en las islas pantanosas del oeste. Y una tarde, frente al mar, con la mirada perdida en la línea vaga del horizonte, el marinero emprendió el ansiado viaje a la eternidad. En la soledad de su aposento, la mujer daba rienda suelta a su llanto y a ratos, como si en ello encontrase algún consuelo, se acariciaba el vientre adornado por el precioso puñal. El dolor fue intenso, y también breve. El otro, hombre de tierra firme, comenzó a rondarla. Ella, al principio esquiva y recatada, lentamente fue cediendo terreno. Concertaron una cita; y la noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal.

miércoles, 10 de octubre de 2012

LAS CALLES, MI CALLE




Hace muchos, muchos años, cuando vine a vivir a esta parte de la ciudad, desde mi estepa castellana, sus calles me parecieron pequeños bosques, sombreados y jugosos. Sus estrechas calles, algunas ciegas, desembocaban en otras también cortas, de pavimentos levantados por las raíces de los árboles centenarios, que estorbaban indiferentes el paso de los transeúntes. Vimos crecer la zona, hacerse mayor de edad, poblandose de nuevos habitantes, que empezaban a emigrar desde otros puntos de la ciudad y del país. Con el tiempo, la calle por la que andas continuamente y te lleva al lugar donde habitas, se vuelve “ mi calle”, con el sentido de posesión que da lo transitado y conocido por años, transformándose en una especie de prolongación de tus espacios, para hacerse compartidos, de los que cuidas y estás pendiente. 

 Por estas calles, vimos bajar las trombas de agua turbia buscando el río en el deslave del 99. Las vimos heridas por troncos y piedras, que las navegaron furiosas hasta encontrar un recodo, donde descansar tanto ímpetu. Hemos visto, como la canícula del verano ablandaba el pavimento y lo volvía material casi inflamable. Volvían pardas las hojas de los árboles y los pájaros, huían alarmados buscando el frescor de la montaña.

 Las hemos visto desiertas, en toque de queda, producir sombras y ruidos que a todos nos espantaban, hemos atisbado su noche oscura,  tras las cortinas buscando el sueño que nunca llega.
 También las vimos festivas, alborotadas por el paso de las bandadas de gente joven a las salidas de los colegios, oliendo a borra y calor. Parejitas que buscan el descuido de la luz para enlazarse, en abrazos cortos y pasajeros.

 Pero con el tiempo, fuimos sorprendidos, por esos acontecimientos plenamente avisados y esperados por todos, pero que aun así, causan conmoción y dan un vuelco a nuestra vida. La calle se fue poblando de otras gentes, ajenas, que ya no reconozco.

 Pertenecen a esa otra ciudad, donde el sol cae de plano y la lluvia desbarata sus techos sin misericordia, donde la expectativa de vida llega a los veinte y algo, porque la violencia y la mengua se los llevará antes. Esa otra ciudad, que no conocemos y de la que nos separa un meridiano invisible que nos colocó a cada uno a un extremo, sin que se mediara palabra entre ambos, y un día, como en un desbalance ecológico, empiezan aparecer, y a intimidar y asustar, buscando revanchas y abriendo heridas y desde entonces, las calles se han vuelto de nadie, solitarias, mientras nos atrincheramos los unos de los otros, asustados, desconfiando, temiendo…

lunes, 24 de septiembre de 2012

LA LIBRERÍA SHAKESPEARE AND COMPANY

Silvia Beach  y Joyce

Me encantan los libros y su habitad natural, las librerías; por eso cuando me encontré con Shakespeare and Company fue una inmensa emoción, como cuando te encuentras a un amigo querido en un país  extraño. Estábamos buscando un lugar bueno y barato donde comer, tarea difícil  en París,  no por lo bueno que abunda, si no por lo barato,  y nos recomendaron el Barrio Latino  y sus callejuelas llenas de sorpresa y encanto. Próxima a la Plaza de Saint Michel, a Notre Dame y frente al río Sena , está una de las librerías más emblemáticas de una vieja hornada que se empeña aún en sobrevivir, entre las cadenas de venta de libros como un objeto más,  manufacturado en un gran almacén chino.





 La actual librería, situada en la calle Bucherie, frente al Sena, fue abierta en 1951 por su propietario, un norteamericano llamado George Whitman, ( sin parentesco con el poeta),  que se instaló en París, después de la Segunda Guerra Mundial. Viajero y lector impenitente, fue acumulando libros en ingles en el cuarto de hotel donde residía, hasta que decidió abrir en la calle Bucherie una librería con el nombre de Le Mistral, en honor a Gabriela Mistral, cuyo país había conocido, y admiraba su poesía. De sus viajes por el mundo y de su afición a la cultura bohemia, adquirió la costumbre de ofrecer posada a los jóvenes escritores y poetas, a cambio de la limpieza, organización y venta de los libros.

 George Whitman, estuvo viviendo en la parte superior la librería hasta 2011, fecha en la  que murió a los 98 años de edad, siempre fiel al sistema y al círculo de escritores y amigos,  que el mismo fundó. Se cuenta que su librería, fue visita obligada para la generación beat, Jack Keruac o Allen Ginberg, y todo tipo de personajes del mundo del arte y la cultura, allí compartieron momentos de lectura y conversatorio. Henry Miller, Anais Nin, Samuel Beckett fueron también asiduos visitantes. Sus paredes aun conservan las cientos y cientos de papeletas que dejaban los turistas, con pensamientos o declaraciones de amor y dolor.




 Según los biógrafos de la librería Shakespeare and Company , el nombre original proviene de la editora norteamericana Sylvia Beach, que desde los años 20 regentaba una librería con ese nombre en la calle Odeón, y fue la primera en vender libros escritos en inglés y organizar tertulias literarias. También fue la primera en editar el Ulises de Joyce, al que apostó y por el que sentía una gran admiración. Dedico su dinero y todas sus energías en promocionar al escritor irlandés, al que aconsejaba sobre como enfocar su carrera en el difícil mundo editorial de esos años, el París de entre guerras. Joyce la seducía con la palabra, leyéndole sus poemas con voz grave y dramatizando su significado con un acento irlandés,  que encantaba a Sylvia. La librería. fue desde los años 20 a los 40 tierra de nadie, y también la tierra de todo aquel escritor que acudía a sus tertulias, buscando opiniones amigas, y mitigar un poco con la amistad ese sentimiento de extraterrado con el que convivían. Por sus estrechas habitaciones pasaron, Joyce, Hemingway, Lawrence, al que Sylvia , no quiso publicar “El amante de Lady Chatterley”, Pound, Eliot, Gertrude Stein, Andre Gide .




 En sus tertulias, se conocían los escritores y aficionados a las letras y a cualquier arte en general, era legendario su buen hacer de anfitriona, el empeño y dedicación que ponía en este mundo, el de las palabras, al que había consagrado toda su vida. Pero la librería, también se vio afectada por los duros años de la guerra y el crack financiero, que estuvo a punto de dejarla en la bancarrota. Uno de sus parroquianos más fieles, André Gidé, creó el Círculo de Amigos de la Librería, y puso una cuota de 200 francos anuales, para poder asistir a los recitales y lecturas de los grandes autores que por allí pasaban. Esto le dio un valor añadido en el ambiente intelectual de la época. A pesar de todos los esfuerzos la librería tuvo que cerrar en 1941, los libros fueron recogidos en la vivienda de Sylvia esperando mejores tiempos.





 Años más tarde, Sylvia Beach que conocía la existencia de la librería “Le mistral” de su compatriota Whitman, en la calle Boucherie, decidió pasarle los derechos del nombre Shakespeare & Company. Los dos habían compartido por años, el mismo espíritu libertario, apoyando a los jóvenes escritores, y habían dedicado su vida entera, a la divulgación de la literatura de habla inglesa en una tierra extraña, lejos de su continente.



 Actualmente, la librería de la calle Boucherie, goza de buena salud, manteniendo el mismo espíritu de sus creadores. En sus paredes abarrotadas de estanterías, puedes encontrar cualquier cosa publicada en ingles, desde sesudos tratados, cuentos infantiles, novela, ensayo, etc. Ediciones antiguas difíciles de encontrar o libros recién horneados de la editorial. Los jóvenes escritores, o amantes de las letras, siguen encontrando un lugar donde hospedarse, a cambio de unas horas de trabajo en la librería. Dicen sus biógrafos, que más de 40.000 jóvenes durmieron ahí, arropados por ensayos y poemas, historias y leyendas, en este santuario de las letras inglesas en pleno corazón de París.

martes, 31 de julio de 2012

AMANECERES



Cada ciudad como cada quien, tiene una manera personal y única de despertarse, de amanecer y descubrir el nuevo día. En la primavera, ese cruce de caminos entre los fríos rigurosos de invierno y los tórridos veranos, surgen las ciudades perezosas, que entre bostezos y nuevos sonidos, va perfilando las siluetas de los edificios. Los ruidos y las voces que la acompañarán al menos, durante las horas de luz, y que a lo largo del día, se multiplican en progresiones geométricas incalculables. 

Madrid, siempre fue de amaneceres lentos, perezosos, propios del que se acuesta tarde y el sueño pegado aun a la piel, le impide moverse con agilidad. Los gorriones y los mirlos, comienzan con sus rutinas habituales de cantos y graznidos, ajenos a otros despertares. De las bocas del metro, van saliendo hombres y mujeres cansados, porque han visto crecer la noche, mientras conversan animadamente en las terrazas. En la mañana, las sillas duermen apiladas en simétricos montones, mientras el barrendero aprovecha la quietud de la hora para ejercer su mando.

 En el barrio romano del Trastevere, por su proximidad al mar y la cercanía a las aguas del rio Tiber, se oyen las gaviotas inquietas por los trasiegos entre la tierra y el agua que mana en Roma por cualquier parte, en las grandes fontanas y en las pequeñas y familiares fuentes de chorros abiertos, a todo el que quiera refrescarse de sus calores pegajosos. Café latte caliente, caras amistosas y bulla en las mesas, todos hablan al tiempo, pero no importa el no oírse, se siente uno bien.

 La gran metrópolis de París nos despierta en esos días, entre lluvia fina y voces quedas. Recuerdo a Jaques Dutronc y su canción "París se reveille”, donde cuenta el Paris que él conoce bien y pasea, cuando se acuesta a las 5 de la mañana.Cuando cansancio de los amantes termina con los sueños, mientras en los cafés, se limpian con fruición sus vidrios para que el parisino siempre “voyeur” del paso de los otros, pueda recrearse y abstraerse en una contemplación que olvida al dialogo. Cafés pequeños y coloridos, en todas las esquinas, de todos los formatos. Terrazas bien dispuestas en filas de mesas y asientos, como las de los cines o cualquier espectáculo, que invitan a ver y dejarse ver, no al dialogo entre los que las comparten.

 Mientras la ciudad amanece, en los hoteles siempre fríos e impersonales se arropan las soledades, y los turistas se preparan para el recorrido exhaustivo y cansino que nos hará recorrer los lugares señalados por todos de que" hay que ver", dejando poco tiempo y espacio para aquellos lugares que se van encontrando en el camino: una plaza pequeña que no nos lleva a ninguna parte, un banco a la sombra fresca de un castaño.

 Las ciudades se asemejan en sus despertares, son las mismas somnolencias que las ponen en marcha y los mismos desvelos al terminar el día, mientras el turista ajeno a estos afanes “va de su corazón a sus asuntos” con las pupilas repletas de imágenes queriendo apresar el tiempo en la memoria, siempre inasible haciéndose pasado.

lunes, 30 de abril de 2012

LA HISTORIA DE QUIRÓN



Las historias, los mitos y las leyendas que conforman la mitología griega nos hablan del alma humana, de sus temores, anhelos, de sus luchas y pasiones; de todas las emociones que nos son propias y que circulan por nuestro sistema. De ahí su importancia y el interés para la psicología. La historia de Quirón el centauro herido, nos muestra la vulnerabilidad humana. El sanador herido y su relación con la sabiduría, la enseñanza de las artes de la medicina y la psicología particularmente. De que a pesar de ser dioses, venerados y habitantes del Olimpo, tienen sufrimientos que no pueden controlar o curar, por eso son tan cercanos a nosotros, a los seres comunes que poblamos la tierra, a la que un día llegamos, sin muchas explicaciones. 



 Cuenta la historia que el dios Cronos se enamoró perdidamente de Filira ( hija de Océano y de Tetis) ante su acoso obsesivo, la ninfa pidió a Zeus que la convirtiera en yegua para así, disuadir las intenciones de Cronos, pero este, percatado de la acción de Filira se convierte en caballo para poseerla. De esta unión nació Quirón, mitad hombre, mitad caballo. Filira al ver el fruto de su vientre, después de un tortuoso parto, le pide a Zeus, que la convierta en tilo, para así no tener que amamantar a semejante criatura y lo abandona. A la sombra de este árbol y protegido por su padre adoptivo Apolo, crece Quirón bondadoso y sabio, interesado en la poesía, la escritura, y sobre todo, en las ciencias curativas; la medicina y sus remedios, proporcionando alivio al débil y fuerza espiritual, al que se acerca a la muerte. Muchos, se convierten en discípulos y amigos, Aquiles, Eneas, Esculapio oyeron sus consejos y se dejaron guiar por su ejemplo. Pero también un día, Quirón, es herido por una flecha envenenada, que sin querer ha disparado Hércules, ensombrecido por los vapores etílicos que le ofrece Dionisio. El centauro, queda lastimado en una de sus patas, en la parte animal de su cuerpo biforme. A este herida, Quirón, sumara el dolor de haber sido abandonado por su madre, y ante este sufrimiento, que suma y prosigue se abre a los demás, en la búsqueda del alivio necesario para sus males. El conoce de sufrimientos, de heridas y este hecho, le acerca al sufrimiento de los otros, otorgándole la sabiduría que proporciona el conocimiento y la aceptación de los propios pesares. Pasará a ser el curador herido, el que tiene la capacidad para sanar los sufrimientos de los otros, aunque no pueda sanar los suyos. La raíz de la palabra quirófano viene de Quirón, el que procura el bien del otro, el que tiene la capacidad de curar con las manos, el dolor ajeno. 



 El psiquiatra Carl G Jung, conceptualiza este mito en el arquetipo del sanador herido, en él, nos dice que todo curador es también un paciente. Jung recogió en sus estudios y años de investigación, las teorías filosóficas chinas del Yan y el Yin,  dando cuenta de la polaridad que nos habita y conforma nuestra psique.  El lado luminoso y el lado oscuro, que se atrincheran en su posición y luchan por ganar espacio y prevalecer el uno sobre el otro, y que solo, en el dialogo, y la integración de ambos, se podrá aspirar a un estado de paz y sosiego con nosotros mismos.

lunes, 9 de abril de 2012

SEQUÍAS DE PAPEL





Escribir no es fácil, representa un ejercicio de autoconocimiento de las emociones del alma, de sus manifestaciones; de la expresión que se vierte en el papel en blanco, para dar paso a la creación artística. Ese pulso con nosotros mismos, con la memoria, se vuelve una tarea compleja en la que se expone la piel y también se disfruta intensamente; en los que se pasan periodos de florecimiento y otros, de esterilidad y sequía total.
¿Por qué se deja de escribir un buen día?, ¿qué causas intervienen en ello?
Enrique Vila-Matas investigó al respecto sobre autores que enmudecieron para siempre sin un motivo, o una explicación lógica que comprendieran sus lectores. A este hecho lo llamó el “Síndrome de Bartheby” en recuerdo del personaje de Bartheby, el escribiente, según la obra de Edgar Melville.
Nunca sabremos las respuestas exactas de por qué Rimbaud dejó de escribir a los 20 años y se dedicó a viajar y hacer fortuna, cuando había sido el poeta rebelde por excelencia de su época, o por qué Juan Ramón Jiménez dejó de escribir en 1956, después de que le concedieron el Premio Nobel.



La respuesta a la gran sequía literaria que padeció Juan Rulfo aún sigue rondando las cabezas de todos los que admiraron su novela Pedro Páramo y los cuentos El llano en llamas. Sabemos que Juan Rulfo no tuvo una vida sencilla, desde su infancia conoció su lado más oscuro, la muerte por asesinato de su padre, cuando el tenia 6 años, marcó su carácter de una orfandad existencialista, que le acompañaría para siempre. En una entrevista concedida a Fernando Benítez le confesaba: “Entretanto mataron a dos hermanos de mi padre, luego casi enseguida, murió mi abuelo paterno. Murió de tristeza porque al que más quería era a mi padre, su hijo mayor. Otro tío mío murió ahogado en un naufragio, y así, de 1922 a 1930 sólo conocí la muerte.”




Su obra está toda impregnada de esas voces que quedaron inconclusas, de los afectos perdidos en la infancia cuando se moldea el carácter. La aridez de sus paisajes no hace si no reflejar la aridez interior que surge como defensa ante el sufrimiento de la pérdida. El personaje principal de Pedro Páramo, tiene mucho de autobiográfico, aunque lo negaba, ya que confirmarlo suponía un ejercicio de nudismo, al que no siempre se está dispuesto. Juan Rulfo comenzó a escribir Pedro Páramo en 1954 y en 4 meses tenía concluido el manuscrito de 300 páginas, después pasó casi un año haciendo un trabajo de “pulitura” hasta reducirlo a 150. Se publicó finalmente en 1955. Dado su carácter y su timidez natural, Rulfo dudó sobre presentar la obra en la editorial, fue el argentino Arnaldo Orfila, uno de los directores de la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica, quien afortunadamente, insistió para que lo hiciera.



Por aquello de que nadie es profeta en su tierra, la primera edición de Pedro Páramo pasó sin pena ni gloria. Después en la década de los 60, comienza un interés por su obra, se agotan las ediciones y se traduce al alemán, ingles, ruso; desde ese momento, pasó a ser uno de los libros fundacionales de la literatura latinoamericana y universal.
Su biógrafa Reina Ruffé, apunta que la causa de su mutismo pudo ser precisamente el éxito, que le apartó de su mesa de trabajo, llevándolo a dar conferencias y presentaciones por medio mundo, o quizás el miedo a defraudar con otro libro que no alcanzara la calidad de los primeros, (detestaba la mediocridad), su adicción al alcohol, o la tremenda autoexigencia que lo acaba aislando de todo lo que le era querido. “Yo sé que todos los hombres están solos, pero yo más.” le dijo a Elena Poniatowka.





La fotografía fue su segunda pasión. Así como mandó a descansar su lápiz amarillo 2B, con el que escribía, su cámara  Rolleiflex 6x6, le acompañaba en sus viajes, intentando capturar con la imagen, lo que la palabra le negaba. Se calcula que dejó un legado fotográfico de más de 6.000 negativos, que aún están en proceso de clasificación definitiva.
Para su leyenda particular quedó una anécdota: en una visita a Caracas en 1974, durante un encuentro con estudiantes de la Universidad Central de Venezuela les contaba: “ Yo tenia un tío que se llamaba Celerino. Un borracho. Y siempre que íbamos del pueblo a su casa o de su casa al rancho que tenía él, me iba platicando historias. Y no solo iba a titular los cuentos del Llano en llamas como los cuentos del tío Celerino, si no que dejé de escribir el día que se murió. Por eso me preguntan mucho por qué no escribo: pues porque se me murió el tío Celerino que era el que me platicaba todo… “

Las fotografías son de Juan Rulfo, tomadas de la red.
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