martes, 12 de noviembre de 2013

CRÓNICA DE AEROPUERTOS




Los aeropuertos parecen Babeles móviles y modernas, donde se oyen todas las lenguas y aunque todo está debidamente ordenado e informatizado, en el fondo, se percibe la anarquía que albergan esas tierras de nadie, cruce de encuentros y adioses significativos para unos, solo lugares de paso para otros. En el fondo, la soledad y la indiferencia son las principales protagonistas de estos espacios. En los duty-free, luminosos y tentadores hacen lo posible para venderte lo que sea que no necesites, haciendo caso omiso al poeta cuando recomienda” ir ligero de equipaje”. 

 Sentada a mi lado una mujer me habla de sus 3 nacionalidades, con la misma naturalidad que si hablara de marcas de prendas, unas más útiles, otras más queridas, otras sólo dadas por la casualidad. Lleva sus nacionalidades tranquilamente, sin conflictos nostálgicos ni arrebatos amorosos, sólo transita por ellas. Del otro lado de mi asiento, una mujer mayor, de porte aristocrático, con una hermosura tallada por el tiempo, me cuenta que cada 6 meses pasa del Barrio de Salamanca a Caracas buscando siempre el cobijo del calor. Con los hijos repartidos, busca la seguridad de su acercamiento, como ellos de niños, buscaron el suyo

. Las pantallas iluminadas cambian continuamente indicando “destinos” nuevos. Miro la infinidad de ellos que aparecen y pienso que a todos alguna vez se nos pasó por la cabeza, la pregunta de ¿y si en vez de de seguir tu “destino” cogieras otro avión que te llevara a otro lugar que por azar viste en la pantalla, con el que no tuvieras ningún lazo?, si se pudiera abordar ese otro avión, sin equipajes de ningún tipo, y empezar en otra tierra desconocida, lejana y exótica, con la que no compartieras ni lengua ni cultura, sólo seres humanos, desnudos, despojados de todo el aparataje con el que nos vamos cubriendo con el tiempo y las vivencias y comenzar otra historia, mejor o peor, imposible saberlo. Creo que muchos nos quedaremos con la pregunta de: ¿ y si…?

lunes, 16 de septiembre de 2013

LECTURAS A LA ABUELA



Amigos, les traigo estos fragmentos de los recuerdos, anti memorias como él las llama, del poeta colombiano Jotamario Arbelaez, sus inicios en la lectura, su relación con la abuela, la causante de alebrestarle la imaginación entre oraciones y novelas de amor...

Rezamos o leemos, me pregunta mi abuela todas las noches después de persignarnos y santiguarnos. Ella va trayendo al escondido -y después los devuelve- algunos libros de la biblioteca de Luis, el esposo de la tía Tina, y me pide que se lo lea, pues ella, a pesar de lo viva que es, no tuvo tiempo ni paciencia para aprender a leer y escribir.
Solo cuando estoy muy cansado de haber jugado al futbol en el pasaje me transo por las oraciones, entre las que no faltan el Padrenuestro, el Avemaría, la Salve, el Señor mío Jesucristo, y una que me gustaba mucho y no volví a oír y rezaba: Bendita sea tu pureza/Y eternamente lo sea/En tan graciosa belleza/Hoy todo un Dios se recrea (…)
…Nos acostamos a las ocho, ella en su cama grande y la mía contra la pared de la pieza, donde todas las noches sacramentalmente me orino. Antes de la sesión reglamentaria  de paseos por la gran comedia humana, ella apaga la luz, se pone el camisón al  oscuro y orina sentada en la bacinilla con un chorrito cantarino que pone al aire hacer olas. Enciende, abre el escaparate y saca de él una media de aguardiente de la que bebe un trago largo, escupe en la bacinilla caliente, se cobija y me da la orden de arranque. Un centavo por página leída fue mi tarifa.



 El primer libro que le leí por capítulos fue El hombre de la máscara de hierro, del que quedé enamorado. Después siguieron El  Conde de Montecristo, Veinte años después, lo que nos hizo devolvernos a Los tres mosqueteros, y La hija maldita (“ Leeme una miajita de Lucilamiller”, me pedía). De allí pasamos a La hija del cardenal ( por error , pues me hizo suspender la lectura cuando empezaron las bacanales de los clérigos), El jorobado de Notre Dame, y empezamos los Miserables, pero tiré la toalla porque me mamó Víctor Hugo. Nos pasamos al atormentado de Maupassant. Y allí empezaron mis migas con la literatura francesa…


Jotamario Arbelaez (Cali, 1940)
Nada es para siempre. Antimemorias de un dadaísta.
Ed. El perro y la rana. Venezuela
Imágenes de Fernando Botero, tomadas de la red

jueves, 18 de julio de 2013

GEOGRAFÍAS IMAGINARIAS ( Reposteado)



Existen lugares, tierras, espacios donde los escritores alojan a sus personajes. Infiernos o paraísos donde los ponen a sufrir o disfrutar de los avatares de la vida. Cerca del río, entre calores sofocantes o arideces desérticas, les crean historias posibles por muy fantásticas que parezcan, en un juego de haceres donde se confunden realidades y anhelos. Algunos fueron creados por familias nómadas en busca de tierras prometidas, como “Macondo”, donde José Arcadio Buendía haciéndole caso a un sueño que tuvo y cual profeta, se alistó a conducir a familiares y amigos, con sus enseres y animales, atravesando montañas hasta llegar a las orillas del río, aunque este hecho, le costara muchos años de soledades. Tiempo después, García Márquez en su libro Vivir para contarla relata que el nombre de “Macondo” proviene de una hacienda bananera cercana a Aracataca, su lugar de nacimiento.
En este lugar mítico, García Márquez instaló a muchos de sus personajes, les construyó un lugar a la medida de sus sueños, y fue dejando que sus habitantes se expresaran a través de sus vivencias.




Para Juan Rulfo “Comala” nació mas bien de sus pesadillas de infancia.
En este lugar no existe el esplendor ni la bulla de los países siempre asoleados, por el contrario, en “Comala”, el sol abrasante del desierto deja arideces y resentimientos entre los aun los habitan, los hombres y mujeres que no pudieron huir abandonándolos como una especie de maldición heredada por generaciones.  
Pedro Páramo, acude a este lugar en busca del padre, de su pasado y su historia que aun no conoce, pero que se enraíza con la suya, sin embargo lo que encuentra es un pueblo de fantasmas y murmullos, donde cada vecino tienen una crónica de infamias que contar, en la que el perdón y el olvido parece no tener cabida.




“Santa Maria”, producto de la imaginación de Juan Carlos Onetti, está atravesada por otro río grande y navegable, con astilleros en sus orillas. Es la ciudad de Larsen, el juntacadaveres, personaje pesimista, duro y lacónico, que a pesar de todo, lucha por sobrevivir, aunque no encuentre sentido a la vida. Regenta un burdel, con mano firme, en el que las prostitutas son viejas mujeres y como Larsen, se limitan a vivir, a respirar cualquier aire, sin escrúpulos, sin arrepentimientos.
La de Onetti es una visión oscura y absurda de la vida, el existencialismo de Sartre se deja sentir en los diálogos de los personajes, en la metáfora del río que arrastra piedras, y fluye en constante indiferencia.

Entre la literatura fantástica y de terror, podemos ubicar el pueblo de “Eastwick “ con sus encantadoras brujas en Rhode Island, de Jhon Updike. “Derry” de Stephen King localidad que aparece en varias de sus novelas.




Dentro de la llamada “literatura infantil”, existen lugares imaginarios como “Liliput”, geografía inventada por Jonathan Swift, (uno de los escritores mas sarcásticos que diera la literatura de habla inglesa), donde anidan seres diminutos interesados en las matemáticas y en las artes musicales, aunque estas, no las utilizaran con fines prácticos, ni tan siquiera lógicos. Sus mujeres desinhibidas disfrutan de los placeres de la vida, tienen amantes de otras islas con los que terminan huyendo hacia otros paraísos prometidos.

“Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carrol, la historia increíble y fantástica de Alicia, una pequeña niña que tiene el don de la ubicuidad, que traspasa el espejo y se adentra en un mundo donde la lógica, el concepto de tiempo y la relación causa efecto, carecen de el valor con que acostumbramos a medir el desarrollo de la vida.




Otras geografías de papel que luego fueron llevadas al cine son:

“La Tierra de Oz”, de Lyman Frank Baun en El mago de Oz.
“Hogwart” de J.K. Rowling de la saga de Harry Potter
“La Tierra Media” de J.R.R Tolkien.
“Narnia” de C.S Lewis.
“Ciudad Gótica” de Batman.
“Fantasía” de la Historia sin fin.
“Springfiel” lugar de nacimiento de la familia Simpson.



Las imágenes son de Edgar Mendoza Mancillas, tomadas de Artelibre.

miércoles, 3 de julio de 2013

CONCEPTO DEL TIEMPO SEGÚN ORIENTE Y OCCIDENTE





Para comprender por qué Oriente es concéntrico y Occidente lineal hay que ir al fondo de su mentalidad y rastrear, desde el origen como se forjó la concepción del mundo de cada cultura. La mitología permite discernir en el subconsciente de orientales y de europeos dos ideas del tiempo radicalmente distintas: tiempo cíclico de Oriente y tiempo lineal de Occidente. Asia está regida por el signo del eterno retorno, de ahí su fatalismo-ese conformismo que irrita al occidental-y la inmensa paciencia de unas  culturas que se cierran, autocomplacidas, sobre sí mismas. Europa es la tierra del tiempo lineal, del viaje y el progreso, de los pueblos irredentos cuya mitología habla de una caída original, un trabajo de liberación y transformación, al final de los tiempos. La misma estructura que configura el pensamiento cristiano y judío se incorporó en el marxismo, cambiando caída por capitalismo, redención por lucha de clases y juicio final por disolución del Estado: es siempre la noción del tiempo lineal, del progreso, del trabajo, y como origen y motor de todo, la culpa. Tiempo lineal y culpa se apoyan mutuamente, pues aquel no existiría sin el origen, que es la caída: la culpa. Decía Lin Yutang que para hacer cristiano a un chino primero hay que convencerlo de que es culpable.


Interesantes reflexiones del libro Oriente y Occidente de Luis Racionero

lunes, 17 de junio de 2013

LAS PALABRAS DE IVONNE BORDELOIS





En estos días descubro el valor de la palabra con Ivonne Bordelois, filóloga argentina de amplios vuelos. Sus distintos significados, sus aristas y el resplandor que desprenden desde las diferentes miradas.  Confirmo que desde niña me asombraron las palabras y los distintos usos a los que ellas dóciles se someten. Me encuentro evocando la infancia, que la sopa que más me entretenía y gustaba, era la de letras nadadoras en caldos claros. Que me encantaban los libros que las alojaban  y el olor que desprendían al chasquido de las hojas al voltear. El peso de los libros en mis caderas camino del instituto, preámbulo de otros pesos infantiles más suaves y carnosos que más tarde cargaría. Compruebo,  que siempre he estado rodeada de ellos, en dormitorios, salas y baños, en el bolso a la espera de una consulta médica, o de un largo trayecto en avión. Todos tienen subrayados y anotaciones porque me relaciono con ellos intensamente. En general los cuido bien, y de algunos he protegido amorosamente sus pastas del paso del tiempo y sus estragos.  Entre tanto trasiego familiar, no pude conservar los libros de cuentos de mi infancia, pero sí guardo los libros de cuentos que yo leía a Isabel, para convocar la tranquilidad de su sueño. Ahora, cuando a veces las tardes se vuelven largas y el cansancio no te permite continuar, reviso libros olvidados y disfruto el porqué un día los traje a vivir conmigo. He recordado sin conocerla la antigua librería familiar de la calle Hermosilla, los comentarios de mis padres, cuando en las discusiones se llegaba al acuerdo del poco espíritu comerciante que todos habíamos heredado. Ahora, Ivonne Bordelois, hace que tenga un segundo encuentro con las palabras, que me interese y conozca sus familias, lo que nos reúne y lo que nos diferencia como seres hablantes, su acondicionamiento a la idiosincrasia de un país, de una cultura: la riqueza inagotable que se guarda en la pluralidad de las lenguas, porque: “la identidad es una construcción interminable, del mismo modo que el lenguaje es una operación interminable y está continuamente en perpetua renovación. Bien propio e inalienable, el lenguaje es también un referente necesario para plasmar y sostener, no sólo la individualidad propia, sino la del grupo.”

La palabra amenazada. Ivonne Bordelois.

Monte Ávila Editores.

Imágen tomadas de la red

miércoles, 29 de mayo de 2013

CORAZONES ROBADOS




Me gusta conocer  los cementerios de las grandes ciudades. Será por su silencio, a prueba de ciudad, lo boscoso de sus avenidas, o quizás, el frescor que produce la combinación del mármol y el verde del follaje. Recién llegada a París, resultó que el hotel estaba relativamente cerca del  cementerio, de Pere Lechaise, del que había oído hablar. El paseo al final, resultó un poco largo, pero valió la pena. Para llegar allí, atravesamos calles estrechas, con bares a ambos lados y un mercado que estaba recogiendo ya las mercancías, eran como las 2 de la tarde. Todo en los alrededores mostraba la cotidianidad de cualquier zona de una gran ciudad. El cementerio de Pere Lechaise, declarado Monumento Histórico desde 1993, se hizo conocido por la cantidad de artistas, políticos, famosos y público en general.  Un total de 69.000 inquilinos.



Como es inmenso, tienes planos y señalizaciones que te indican donde están las tumbas más visitadas por el público que pasea entre sus avenidas. Uno de los primeros que localizamos fue el de Marcel Proust, sencillo y austero, casi escondido entre dos tumbas anónimas. Balzac, Edith Piaf o Moliere, fueron algunos de los que pudimos encontrar.  Me llamó la atención en especial, el de Oscar Wilde, de piedra blanca y con una figura egipcia. Está protegido por una pequeña valla de cristal que impide el acercarse. La piedra blanca está cubierta por cientos de labios marcados. Son besos, besos apretados contra la piedra, besos robados, besos apasionados de sus fieles seguidores, que lo recuerdan con pasión arrebatada. De poco sirvió este blindaje contra los besos, sus fieles ahora besan el cristal. Otros, le dejan poemas, declaraciones de amor, flores frescas. Curiosas muestras de afecto, para el hombre que escribió un día: “Un beso puede arruinar una vida humana”.





Thomas Hardy, al contrario que Oscar Wilde, tuvo la posibilidad de expresar sus afectos sin ninguna censura ni castigo. El escritor inglés, fue autor entre otras obras, Lejos del mundanal ruido y Tess, de cuya historia se basa la película de Polanski del mismo nombre. Al morir en Enero de 1928, los próceres de la cultura encargados de su cremación y entierro, dispusieron que sus cenizas fueran al Rincón de los Poetas, en la abadía de Westminster. Su segunda esposa Florence Dugdale, se opuso argumentando que el escritor había expresado su deseo, de que sus cenizas fueran enterradas junto a Emma, su primera esposa y  gran amor. Tras negociar, decidieron que su corazón estuviera junto a Emma, y el resto de sus cenizas en Westminster. Hecho el procedimiento, dejaron a cargo de la sirvienta en la cocina, el corazón, a la espera de que llegara el enterrador.  Fue grande la sorpresa, cuando fueron a buscar la víscera, solo encontraron al gato de la casa relamiéndose. Y,  cuentan,  que para remediar el entuerto, enterraron un corazón de cerdo en el cementerio de Stinsford, al norte de Dorchester, junto a Emma, en las tierras que fueron el escenario de las principales novelas de escritor inglés.






Imágenes tomadas de la red






martes, 14 de mayo de 2013

DON DE OLVIDO, DE ÁNGELES MASTRETTA






… Digo esto porque pienso que olvidar es un arte. Uno de los artes más necesarios y mal practicados que se conoce. Además, como tantas otras artes, olvidar es un arte que la humanidad toda practica muchas veces sin darse cuenta. Olvidamos. Para mal y para bien olvidamos.
Empezando por la muerte mil cosas olvidamos para poder vivir. Y aunque no lo aceptemos, tal vez quienes mejor olvidan mejor viven.
No haríamos nada sin la conciencia de la propia muerte no nos siguiera a la regadera. Nada siquiera, si la muerte de otro cruzara demasiado por nuestro recuerdo. Pero olvidamos. A los inolvidables, a los mejores, a los más buenos, a los que más felices nos han hecho, logramos olvidar para quedarnos con la vida.



Y si somos capaces de olvidar la muerte, de qué olvido no seremos capaces.
Olvidamos por eso el dolor y a quienes nos lo causaron. No por generosos sino por desmemoriados. Y hemos de bendecir el olvido como se bendice el pan de cada día.
Gracias al olvido volvemos a tropezarnos con la misma piedra, y nos vuelve a doler y a gustar el camino. Gracias al buen olvido vivieron juntos nuestros padres, nos quieren nuestros hermanos y nos maldicen aquellos a los que hicimos un favor.
Gracias al buen olvido se nos resbalan las maldiciones, los críticos literarios, el ridículo aquel del que nunca creímos  que sería posible reponerse.



Gracias al olvido seguimos guardando libros como si no fuera solo ésta la vida que tenemos para leerlos un día, pensamos, voy a hojear uno por uno todos los libros de arte que dormitan bajo la mesa de la sala. Un día en que me dé hepatitis o cualquiera de esas enfermedades largas durante las cuales todo se puede hacer menos hojear un libro.
Gracias a que olvidamos la voz de la nefasta báscula volvemos a darnos el placer de un buen queso, de un helado doble por el parque junto a los hijos, de un pan con mantequilla y sal, de un chocolate amargo y tres almendras.
Gracias al olvido seguimos viviendo en la ciudad de México después de una jornada con doscientos sesenta imecas contra nuestros ojos. Y no solo seguimos viviendo, sino que seguimos dispuestos a emprender un día sí y otro también viajes urgentes al extremo opuesto del lugar que habitamos.



Nos vemos en el espejo durante el arreglo de la mañana y ahí nos hacemos cargo del avance implacable de nuestras arrugas, entonces nos proponemos no fruncir tanto el ceño o al menos no fruncirlo solo de un lado para que los setenta años no nos alcancen con la expresión torcida. Pero después nos echamos al día y nuestro gesto lo recibe defendiéndose como mejor puede.
Para poder ser quienes somos olvidamos el sueño de quienes quisimos ser y para que el sueño no muera completo lo dejamos pasar a la cocina una mañana y nos ponemos a cantar con el playback de arias famosas en la voz de María Callas. Olvidamos también todo lo que querríamos ser porque solo así le dejamos lugar a eso que somos y cumplimos a medias con lo que a eso le debemos ¿Terminar la novela? Claro que si, ahora que consiga olvidarme de todo lo demás.
Es extraño pero los desmemoriados perdemos más tiempo recordando, y en nuestras vidas reina un caos lleno de huecos por los que entre en desorden la memoria implacable.
Sin embargo, yo creo que a pesar de todo lo que olvido no he logrado olvidar lo suficiente. Y eso lo digo pensando otra vez en que olvidar es un arte. A veces maligno y paralizador, pero siempre generoso…



 Del libro Un mundo iluminado, Ángeles Mastretta
Editorial Seix Barral, Biblioteca Breve

Imágenes tomadas de la red
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