miércoles, 18 de diciembre de 2013

FELICES DÍAS






Queridos amig@s

Gracias un año más por sus lecturas y comentarios, igualmente gracias, a los silenciosos que viajan desde muy lejos, para asomarse a mi ventana.
Para todos
Paz y Felicidad

Y Galeano, no podía faltar…

Ventana sobre la utopía.
-Ella está en el horizonte- dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca, nunca la alcanzaré.
¿ Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar.


Imagen de Catrin Velz-Stein
Tomada de la red

jueves, 5 de diciembre de 2013

LAS VISITAS





Inevitable  en estas fechas, como el turrón y las almendras,  me pongo nostálgica cuando se pasean por mi memoria aquellos personajes y acontecimientos que me acompañaron durante la infancia. Leyendo las Memorias de Terenci Moix, mitad recuerdo, mitad fantasía, encontré este pasaje sobre las visitas que me hizo recordar aquellas que nos hacían familiares y amigos, y las que hacia mi madre, conmigo de compañía. Me recuerdo sentadita en una silla,  mis pies colgando y mi madre con su locuacidad habitual, relatando cualquier episodio familiar, disfrutando un montón, mientras yo me aburría con solemnidad de niña educada. Me agrada saber que para otros niños, también estas visitas pasaron a pertenecer al archivo personal de su memoria, y  como yo,  las vieron asombrados, con ojos y oídos bien abiertos, escuchando las conversaciones de los mayores, incomprensibles muchas veces, misteriosas otras, y casi siempre aburridas.




Por la mañana, el barrio se convertía en el feudo de las vecinas. Como sea que los maridos partían en búsqueda del jornal y los adolescentes a la escuela, sólo quedábamos los pequeñuelos o aquellos hombres, más escasos que se ocupaban de los negocios radicados en el barrio. Quedaba el tendero, el carnicero, los aprendices de pastelería, el quiosquero, es decir, los que a causa de su trabajo perdían su condición masculina para convertirse en prototipos. Pululando a su alrededor, en busca de sus servicios, el mujerío formaba un guirigay alborotando, proclives al grito y al insulto. Cuando esto no ocurría o cuando había pasado, las mujeres solían entregarse a un cotilleo  inofensivo formando corros y corrillos que llenaban las aceras de la calle y entre las cuales no era extraño localizar a mi madre. Para ser exactos, pasó entre aquella congregación muchos años de palique.





Por la tarde me encontraba ante otro tipo de mujer. Eran las “visitas” como entonces se llamaban a un curioso elenco de personajes, que se instalaban en los hogares a la hora del café  y no se largaban hasta que la más decidida, entre las mujeres de la casa, anunciaba que ya era tiempo de preparar la cena. Distinguiese de las vecinas normales porque solían llegar desde otros barrios, mucho más cercanos al envidiado Ensanche que a nuestro Peso de la Paja. Eran, por lo tanto, señoronas indiscutibles. Yo notaba en mis familiares cambios de apreciación muy repentinos. Se mostraban amables y de excelente humor mientras la visita estaba presente; pero, no bien cerraban la puerta tras ella, la maldecían y aseguraban  que el próximo día pondrían la escaba boca abajo para que se marchase antes. Pero yo seguía esperando con verdadero anhelo a las visitas que llegaban de barrios altos y se parecían mucho a las damas que salían en los dibujos del dibujante Freixas, con sus peinados altos Arriba España, las cejas cuidadosamente depiladas, zapatos de tacón muy afilados y las uñas pintadas con brillo tan rutilantes que dijeran se llamitas arracadas del fuego del infierno. Las visitas recordaban a perfumes Maderas de Oriente, a colonia Maja, a bisutería fina y a peletería de imitación…




Fotos de Catalá Roca, tomadas de la red

Memorias. El peso de la paja 1
El cine de los sábados

Terenci Moix
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